La Sierra de San Cristóbal (FOT.1) aún es, bien avanzado el siglo XXI, un espacio natural e histórico que no es conocido ni valorado como requiere un enclave de su excepcional importancia. Siguen ausentes las actuaciones públicas que apuesten por su protección y conservación, su estudio integral multidisciplinar y su progresiva adecuación para el disfrute de los ciudadanos.
La Sierra de Buenavista que llamaban en la Edad Moderna es un privilegiado balcón situado entre las marismas del Guadalete -a orilla del antiguo estuario- y las tierras albarizas de la campiña. Con cota máxima de 124 m en el Cerro de San Cristóbal, su superficie cubre 5,8 km de longitud y 2 km de anchura máxima, siendo la mayor altura del entorno de la actual y la antigua Bahía de Cádiz, que se extendía más arriba de la barriada jerezana de El Portal.
En torno al 20% de su suelo se vio mutilado en el s. XX con la apertura de dos grandes canteras de áridos, mientras que las canteras antiguas, las excavadas en galería y a cielo abierto, le confieren a la Sierra un singularísimo valor patrimonial integrado en su paisaje. (FOT. 2)
La Sierra se originó durante el Plioceno Superior (entre 2,5 a 5 millones de años) como resultado de movimientos tectónicos que elevaron el terreno con los sedimentos marinos de una cuenca marina poco profunda: la calcarenita, areniscas fosilíferas con cemento calcáreo que conforman el relieve y las entrañas de San Cristóbal. Huellas de aquella primigenia formación son los fósiles que esporádicamente se hallan, principalmente grandes erizos y moluscos bivalvos. (FOT. 3)
Contaba San Cristóbal con los principales recursos naturales para ser habitado desde la Antigüedad: fértiles suelos agrícolas en sus faldas, abundante agua de sus manantiales, madera, caza, pesca… Y en la calcarenita, el soporte con el que se construyeron todas las estructuras de los hábitats que se fueron sucediendo en su solar desde comienzos de la Edad del Cobre y también, durante siglos, parte del urbanismo de El Puerto y Jerez y edificios tan señeros como la catedral de Sevilla.
Buena parte del suelo serrano está poblado de pinos piñoneros y carrascos desde que se plantaron, por decisión del ayuntamiento y en número de 10.000, en mayo de 1954 (FOT. 4), incluidos los que forman el pinar de Coig, donde en el siglo XVIII existía un olivar del cargador a Indias Juan Pedro Coig. Y hay ejemplares aislados de olmos, chopos, eucaliptos, higueras silvestres (cabrahígos), sabinas, acebuches…(FOT. 5) Olivos silvestres que en la Antigüedad debieron ser abundantes. De hecho, en nuestra interpretación, la Sierra de San Cristóbal era el Bosque Sagrado del Acebuche que el geógrafo gaditano Pomponio Mela mencionó hacia el año 43 d.C. próximo al Puerto Gaditano: “En el primero de los golfos hay un puerto, llamado Gaditano, y el bosque sagrado, que llaman del Acebuche”. Entre el arbolado reinan las retamas, acompañadas de lentiscos, tomillos, torviscos, palmitos, cardos enrejados, esparto, jaras, romero… (FOT. 6)
Entre la fauna destaca el camaleón, muy diezmado en nuestros días, y en algunas canteras-cuevas colonias de murciélagos comunes y hortelanos que han sido estudiadas, dado su interés biológico, por el CSIC. (FOT. 7) También están presentes los erizos, escorpiones, variedades de arañas, serpientes y culebras, lagartos y lagartijas, liebres, muchos conejos… Y hasta comienzos del siglo XX fueron muy numerosos los hurones, tanto que las autoridades municipales ofrecían una gratificación económica por ejemplar capturado y matado. Por contra, desde hace unos años se hace presente al pie de Doña Blanca, en una pequeña laguna formada en terrenos de los manantiales de La Piedad, una colonia de nutrias.
La Sierra de San Cristóbal, tan abundante en recursos naturales y enclavada en un espacio tan estratégico, iba a ser habitada desde la Edad del Cobre. Sobre ello escribiremos en la próxima entrega.
J. J. López Amador y E. Pérez Fernández









