Las Canteras, un patrimonio excepcional. – V. El oficio de canteros

Canteros, picapedreros, pedreros. Nombres distintos para un mismo oficio que, con esfuerzo constante y conocimiento transmitido de generación en generación, contribuyó a escribir la historia de la Sierra de San Cristóbal y de muchos otros territorios. La memoria de las ciudades está tallada en piedra, y tras cada sillar existe el rastro de un trabajo artesanal que hoy se encuentra en retroceso, pero que durante siglos fue esencial para el desarrollo arquitectónico y económico de las sociedades.

Desde la Antigüedad, la piedra ha estado vinculada al poder y a la permanencia. Mientras las construcciones más humildes se levantaban con materiales efímeros como la madera, el barro o el adobe, los edificios religiosos, defensivos o representativos recurrían a la solidez de la piedra para proyectar estabilidad y prestigio. Esta elección no respondía solo a razones prácticas, sino también simbólicas: construir en piedra era una forma de trascender el tiempo.

El dominio técnico sobre este material se remonta a la Prehistoria, cuando los primeros grupos humanos desarrollaron herramientas líticas mediante percusión o presión. Con el paso de los siglos, civilizaciones como la egipcia, la griega y la romana perfeccionaron los métodos de extracción, transporte y labra, consolidando una tradición técnica que llegaría hasta la Edad Media y configuraría el nacimiento del gremio cantero como tal. En ese periodo surgieron las primeras logias, espacios de organización laboral y transmisión de conocimientos, que más tarde darían pie a interpretaciones legendarias vinculadas a la masonería.

En nuestra Sierra de San Cristóbal, sin embargo, el oficio se desarrolló de manera más práctica y directa, sin estructuras logiales formales, transmitiéndose el saber de forma familiar y empírica. Las explotaciones comenzaron a cielo abierto en la Antigüedad, pero desde el siglo XV se intensificó la extracción subterránea, en parte por la creciente demanda de piedra para grandes obras como la Catedral de Sevilla. Este sistema permitía trabajar durante todo el año, proteger a los operarios y mantener el uso ganadero de los terrenos en superficie, aunque el motivo principal fue la búsqueda de vetas de mayor calidad (FOTO 1).

El trabajo cantero seguía una secuencia bien definida que comenzaba mucho antes de extraer el primer bloque y se prolongaba hasta la colocación final de la pieza en la obra. La primera etapa consistía en la localización del terreno o la conjetura de la veta adecuada, valorando la calidad del material, su dureza, la dirección del grano y las posibles imperfecciones. Una vez seleccionada la zona, se procedía al desmonte del terreno y a la apertura del frente de cantera.

La extracción se realizaba mediante la marcación de surcos paralelos y perpendiculares que delimitaban los bloques (FOT. 2). Estos surcos, ejecutados con herramientas como el pico o la escoda, permitían introducir cuñas metálicas que, al ser golpeadas con mazas, generaban la fractura controlada del material. Posteriormente, los bloques se separaban del frente mediante palancas o barrones y se desplazaban, cuando el terreno lo permitía, con rodillos o sistemas de arrastre tradicionales. En muchos casos, los bloques se escuadraban de forma rudimentaria en la propia cantera para facilitar su transporte y reducir pérdidas.

La explotación subterránea requería además una organización espacial compleja. A medida que se profundizaba, se dejaban pilares de sustentación para evitar derrumbes y se abrían galerías y salas siguiendo la continuidad de las vetas. Las lumbreras, aperturas verticales hacia el exterior, cumplían funciones de ventilación, iluminación y evacuación del material mediante poleas o grúas rudimentarias. También servían como vías de escape en situaciones de emergencia (FOT. 3). Escaleras talladas, bancos de descanso o asideros improvisados evidencian la adaptación constante del trabajador al entorno.

Una vez extraída, la piedra se transportaba hasta el lugar de construcción, generalmente en carros tirados por mulas debido a la irregularidad del terreno (FOT. 4). Famoso y transitado fue el antiguo camino ‘de la trocha’, hasta Jerez de la Frontera. En ocasiones, los traslados incluían etapas fluviales, como el transporte por el Guadalete hasta el Guadalquivir para abastecer obras en Sevilla. El coste logístico podía superar al valor del propio material, lo que refleja la complejidad de este proceso.

En la obra, el trabajo continuaba con el desdoblado o división de los bloques y el posterior desbastado, etapa en la que se regularizaban las caras de la pieza sin alcanzar aún su forma definitiva. El tallado final exigía precisión geométrica y un control constante mediante herramientas de medición como la escuadra, el compás o las plantillas. Solo tras esta fase se aplicaban los acabados estéticos, normalmente en las zonas visibles del elemento constructivo (FOT. 5).

El ejercicio de la cantería no estaba exento de riesgos. Derrumbes, accidentes laborales o conflictos por los derechos de explotación (FOT. 6 y 7) eran frecuentes, lo que llevó a la implantación de reglamentos y sistemas de supervisión por parte de las autoridades municipales. Licencias temporales, inspecciones técnicas y tributos en especie o en metálico formaban parte de la regulación de la actividad. A pesar de estas dificultades, la cantería constituyó una fuente fundamental de empleo y riqueza para la región durante siglos.

Nuestras canteras dejaron de trabajarse de forma manual, en su inmensa mayoría, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX (FOT. 8 y 9). Sin embargo, una pareja de hermanos de la familia Galera estuvo hasta 1980 extrayendo piedra de una de las canteras de nuestra sierra, conocida como la cantera de Los Galera, a pesar de que también, popularmente, reciba otros nombres.

Hoy, las galerías de las canteras San Cristóbal que quedan en pie se presentan como espacios de una singular belleza formal, comparados a menudo con catedrales subterráneas (FOT.10). Paradójicamente, su armonía surge de un proceso inverso al de la construcción: son el resultado de la extracción, de la ausencia material que deja el trabajo humano. El negativo constructivo. Caminar por ellas es recorrer la huella de un oficio que, aunque en declive y casi extinto de forma artesanal, sigue siendo clave para comprender la identidad histórica y cultural de ciudades como El Puerto de Santa María. Identidad histórica, la nuestra, que seguimos menospreciando.

Alberto Castrelo

1. Cantera de ‘la Mujer’. Patio del Obispo
2. Banco de extracción en la cueva de ‘La Marina’, frente de cortes verticales
3. Ilustración de Alberto Castrelo de los elementos de la explotación de canteras subterráneas
4. Cantera ‘El Civil’. Transporte
5. Bloque de piedra arenisca con identificación de sus elementos constructivos y huellas de labra
6. Fragmento de un legajo sobre una disputa de canteros
7. Croquis de la disposicion de las canteras en litigio entre Curro Caballero y Juan de Salas. 1857 AHMEPSM
8. Cantera de ‘la Mujer’. Foto de Justino Castroverde. Principios del siglo XX
9. Cantero en la cueva de la Mujer. Remasterización con Inteligencia Artificial a raíz de fotografía de Castroverde
10. Cruz latina tallada en la pared, detalle de la cueva de ‘la Mujer’

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