Pasear por Campo de Guía —Moros, Comedias, Valdés, …— es hacerlo envuelto en un entorno especial. Altos ventanales, cubiertas a dos aguas, penumbras intuidas en los interiores. Y el valor de la repetición —esa misma repetición que fija el aprendizaje y la memoria—. Ya se ha puesto de relieve como este espacio urbano es un bello ejemplo de un pensamiento estratégico realmente innovador en el siglo XIX, “el primer polígono industrial diseñado en España”.
El paseante admira ese conjunto armónico. Y desde la visión externa, la imaginación lo lleva al espacio misterioso y subyugante que es el interior de una bodega. El espíritu de la bodega lo reflejó magistralmente Ana Rosetti en su texto La Interior Bodega (Actas de las VI Jornadas del Vino Fino. Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2001, pp. 91-97), título sacado de un verso de San Juan de la Cruz. Y es que verdaderamente hay algo místico en ese interior. La altura, los arcos, la penumbra, el silencio, la escrupulosa geometría de la perspectiva que ofrecen las andanas, el aroma que lo llena todo como un incienso catedralicio cercano al milagro de las sacristías. Y un aspecto fundamental, un ingrediente que lo cambia todo: el tiempo. Estamos ante espacios de producción, en los que el tiempo es un factor clave. Espacios, edificios, que fueron concebidos para que el tiempo hiciera generosamente su función. Son grandes contenedores de tiempo (Nuevos usos de las bodegas centenarias en el siglo XXI. Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Sevilla. Fundación Osborne, 2016).
Este espíritu de las bodegas está latente cuando nos encontramos frente a una de ellas. Porque la fachada tiene el valor de la representación simbólica. Una representación que sintetiza sus múltiples significados. Lo verdaderamente interesante en Campo de Guía es que esa experiencia se ve intensificada por el valor de la repetición y por la armonía del conjunto. Podemos, y debemos, aplicar una visión sistémica al estudiar Campo de Guía. Un sistema es un conjunto de elementos relacionados, con unos límites reconocidos, que tiene una finalidad. Campo de Guía es un sistema. El resultado es superior a la suma de las partes y la belleza del conjunto, superior a las de las individualidades.
De manera que la espiritualidad del interior de la bodega se transmite, potenciada por la repetición y el efecto del conjunto, al exterior, al espacio urbano que toma y ofrece esos valores impagables de serenidad, orden, mesura, sosiego, silencio…y hasta una cierta soledad que, ahora sí, resulta extremadamente reconfortante para el paseante. Porque le permite pasear en soledad. Espacio contrario a la plaza, Campo de Guía ofrece ese silencio, esa ausencia de neones, leds, ofertas comerciales. Silencio, bodegas, respiración, arquitectura que serena y alimenta la poética del espacio que exploró Gastón Bachelard (La poética del espacio.Fondo de Cultura Económica, 2023). Porque hay imagen poética —para todo aquel que esté abierto a esa experiencia— en ese conjunto de espacios transitados, geometrías, dimensiones de otro tiempo…que se transforma en identidad y significados esenciales para una ciudad. Y Campo de Guía como paisaje urbano, ese valor patrimonial ampliamente reconocido, reúne todo eso. Muchas ciudades en el mundo querrían tenerlo.
Joaquín Moreno Marchal










