Iconografía para paseantes curiosos: ¿Un retrato en la Prioral?

Una mañana más vuelvo sobre mis pasos y me acerco a la Prioral, a su fachada principal. Me fascina su abigarramiento decorativo, los cientos de figuras que, bajo la apariencia de grutescos, pequeños, menudos, casi intentando pasar desapercibidos, conforman su programa iconográfico. Cada una de estas figuras me atrae como un imán, pues bajo su apariencia decorativa, todas y cada una de ellas encierra un significado, profundo, concreto, imprescindible para la correcta comprensión del mensaje que el autor, o mejor, el comitente, ha querido transmitir.

A veces, cuando oigo la teoría romántica de que en el arte solo hay que buscar la belleza, la estética, el sentimiento, me da la sensación de que de una manera interesada se nos está intentando ocultar el verdadero valor y significado del arte. El arte es una forma de expresión, un lenguaje, capaz de transmitir unos conceptos, una forma de ver la sociedad que lo ha hecho posible, y como tal está destinado a ser comprendido, a ser entendido, con el fin de poder transmitir un mensaje, unos ideales, un concepto de la vida, de esa sociedad o, tal vez, del grupo social que lo ha hecho posible. La obra de arte es creada con esa finalidad, de transmisora de ideas. Aunque no posea la belleza inefable de las obras maestras, su cometido puede ser parecido, aunque es cierto que la belleza tiene la virtud de conmover la sensibilidad del ser humano, pero ese ya es un valor añadido.

Inmerso en estas reflexiones busco en la portada esa imagen diferente, inusual, que quiera entablar un diálogo visual con el espectador. Cobijado dentro del arco de medio punto que configura la fachada, sobre la figura de san Pablo, a la izquierda de la Virgen, que centra visualmente la escena, descubro la figura de un personaje masculino, ataviado a la manera de la época, de cuyo busto hierático parecen huir dos hombrecillos desnudos. La caracterización del personaje, así como su apariencia, parecen sugerir que se trata de un personaje real, de un retrato, en el cual los rasgos están fuertemente caracterizados: labios carnosos, nariz larga y gruesa, mentón prominente y enérgico, y cabello ensortijado que cae sobre la frente. Aunque no creo que pueda tomarse como un retrato absolutamente fidedigno, sí es evidente que hay un intento de individualización, alusivo a un personaje concreto. Está haciendo pareja con otra figura, situada sobre san Pedro, cuyo significado es el de la Verdadera Religión, (ya hablaremos de ella otro día) representada como una mujer joven, bella y desnuda. Pero la pregunta que surge es, ¿quién es el personaje representado?

La respuesta parece obvia. Tratándose de una ciudad de señorío, y de un monumento erigido bajo el patrocinio y patronato del duque de Medinaceli, el retrato no puede ser otro que el señor de la ciudad. La obra, está realizada entre los años 1535 y 1544, siendo señor de El Puerto el II duque de Medinaceli, don Juan de la Cerda, hijo ilegítimo de don Luis de la Cerda, I duque de Medinaceli, el cual toma bajo su patronato la obra de la iglesia, comenzada por su padre. Es probable que, dada la admiración y agradecimiento que el joven duque sentía por su padre, el retrato se trate de un sincero acto de un homenaje filial a la figura de su progenitor. Si se equipara con la verdadera religión, de la cual huyen los seres demoniacos situados a su lado, es probable que a lo que se esté haciendo mención es a la labor heroica llevada a cabo por el fallecido duque en las tareas de expulsión del islam de tierras hispanas, en ayuda de los Reyes Católicos en la toma de Granada, de ahí que esté representado en su madurez, pleno de fuerza y vigor. 

Don Luis, representado sobre san Pablo, el apóstol de los gentiles, al igual que el santo ha luchado contra la herejía representada por el infiel, y al igual que él, consigue el triunfo de la fe, y como tal es representado.

La representación del duque en un contexto religioso como es el de la fachada de la Prioral es la constatación del valor de las imágenes, dotando el espacio de un significado político indudable, señalando los méritos del señor de El Puerto.

Durante unos momentos mi mirada se cruza con la de don Luis, tratando de comprender y valorar el exacto significado que su presencia imprime a la fachada. Dándome la vuelta, pero sintiendo aún en la espalda la mirada del duque, me alejo por la calle Palacios, en busca del río, con el firme propósito de volver cuantas veces sea posible hasta comprender el complejo mensaje de la fachada. Tiempo habrá.

Antonio Aguayo

Retrato en la Prioral
La Puerta del Sol de la Iglesia Prioral y detalle de ¿retrato de D. Luis de la Cerda? Foto A.A.C.

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