Doce años después de su inauguración, la Vía Augusta del Camino de Santiago en El Puerto de Santa María permanece ahí, silenciosa, como una promesa a medio cumplir. Sus señales, instaladas en julio de 2014 con ilusión y respaldo institucional, fueron concebidas para abrir la ciudad al paso de los peregrinos y para recordar que El Puerto también forma parte de esa gran columna vertebral histórica que une culturas, paisajes y memorias. Sin embargo, el tiempo —y quizá también cierta desatención— ha ido dejando huellas menos nobles: placas y señales deterioradas, hitos arrancados, y puntos del recorrido que hoy pasan inadvertidos incluso para quienes transitan a diario por ellos (FOTOS 1-9).
No se trata de señalar culpables, sino de reconocer una evidencia: la Vía Augusta ha perdido visibilidad y, con ella, parte de su capacidad para narrar la historia que le da sentido. Resulta llamativo que, en más de una década, nadie haya considerado urgente reparar estos desperfectos, como si el deterioro fuese inevitable o, peor aún, irrelevante. Pero no lo es. Cada hito caído es un fragmento de identidad que se apaga; cada señal rodeada de desconchones es una oportunidad perdida para vincular a vecinos y visitantes con un patrimonio que podría ser motor cultural y turístico.
La buena noticia es que este abandono no es irreversible. La Vía Augusta puede recuperar su fuerza con una intervención tan sencilla como decidida: revisar el trazado, restaurar la señalética, actualizar la información, integrar recursos digitales y, sobre todo, asumir que este camino no es un adorno urbano, sino un elemento vivo de la ciudad. Una puesta en valor renovada permitiría reactivar visitas guiadas, conectar la ruta con centros educativos, reforzar la presencia jacobea en la programación cultural y convertir el recorrido en un atractivo estable para quienes buscan experiencias patrimoniales auténticas.
El Puerto de Santa María posee un patrimonio excepcional, y la Vía Augusta es una pieza que merece volver a brillar. No hace falta una gran inversión, sino voluntad, cuidado y visión. Recuperar este camino sería, en realidad, recuperar una parte de nosotros mismos: la capacidad de mirar la ciudad con respeto, de honrar su historia y de proyectarla hacia el futuro. La Vía Augusta espera. Y es hora de que vuelva a ser un camino que merece volver a caminarse.
Manolo Morillo











