La ubicación exacta de la que fuera en el siglo XVIII residencia familiar del comerciante de origen navarro José de Imbluzqueta, ha presentado hasta hace escasas fechas interrogantes y datos confusos.
Gracias a una investigación publicada en 2025 en la Revista de Historia de El Puerto por los archiveros A. Becerra y J. I. Buhigas, quienes han sacado a la luz documentación inédita, ha quedado desentrañada su exacta ubicación https://revistadehistoriade-elpuerto.org/contenido/revistas/75/75_estudios_04.pdf
Según los autores, la casa-palacio se encontraba en una ubicación privilegiada, en el costado norte de la plaza del Polvorista, haciendo esquina con la calle Aurora (actual Micaela Aramburu) (FOT. 1 y 2). A principios del siglo XVIII, este mismo edificio perteneció al abogado de los Reales Consejos Antonio Santa Cruz y Vela. Debido a su suntuosidad y su cercanía al Palacio de Las Cadenas —residencia real—, la finca fue utilizada para alojar a miembros de la Corte durante las estancias de Felipe V en nuestra ciudad https://betiloelpuerto.org/patrimonio/tres-casas-senoriales-para-alojamiento-estival-de-principes-e-infantes/
A partir de 1756, los padrones eclesiásticos del Archivo Parroquial de la Iglesia Prioral, hoy la Basílica de Nuestra Señora de los Milagros, recogen que la finca fue habitada por Imbluzqueta Arbeola, un comerciante avecindado en El Puerto procedente de Perú que se convirtió en una de las figuras clave de la burguesía mercantil portuense del setecientos. Tras su fallecimiento en 1778 su familia continuó residiendo en el inmueble hasta 1782, año a partir del cual pasó por manos de distintas familias con periodos sin inquilinos.
El edificio no sobrevivió al paso del tiempo. En 1864, un devastador incendio originado en una fábrica de fósforos situada en el piso bajo destruyó la finca por completo (FOT. 3 y 4).
Hoy en día, de aquella espléndida casa —y de las otras dos que completaban el frente norte de la plaza del Polvorista entre las calles Aurora y Sol, que alojaron a principios del siglo XVIII a la Corte española— solo permanece el recuerdo. –
R.G.R.






