La fachada de la Fundación Rafael Alberti, en plena calle Santo Domingo, se ha convertido en un recordatorio incómodo de cómo la desidia puede instalarse incluso en los lugares llamados a custodiar nuestra memoria. Los azulejos desprendidos, la imagen deteriorada y la sensación de abandono (FOT. 1 y 2) no afectan solo a un edificio: afectan a la ciudad que lo sostiene y al legado del poeta que llevó el nombre de El Puerto por el mundo. No es un detalle menor, ni un simple desperfecto urbano. Es una grieta simbólica.
La 𝗔𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗕𝗲𝘁𝗶𝗹𝗼 lo señalamos con cierta preocupación en esta sección recién creada de 𝙇𝙖 𝙘𝙞𝙪𝙙𝙖𝙙 𝙚𝙣 𝙨𝙪𝙨 𝙙𝙚𝙩𝙖𝙡𝙡𝙚𝙨: la conservación del patrimonio no puede depender de impulsos aislados ni de la buena voluntad ocasional. Requiere un 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗼𝗰𝗼𝗹𝗼 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗼, á𝗴𝗶𝗹 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗲𝗻𝘀𝘂𝗮𝗱𝗼 entre áreas municipales, técnicos y agentes culturales, volvemos a repetir. Cuando falta ese engranaje, lo que se resiente no es solo la estética, sino la credibilidad de una ciudad que presume —con razón— de historia, cultura y singularidad.
Pero estas palabras no pretenden ser un dedo acusador, sino una llamada a la responsabilidad compartida. Porque cuidar el patrimonio no es únicamente tarea de la administración: es también una actitud colectiva. Es preguntarnos qué imagen queremos proyectar, qué respeto otorgamos a quienes nos precedieron y qué compromiso asumimos con quienes vendrán.
La fachada de la Fundación Alberti puede repararse en pocos días. Lo que no puede improvisarse es la conciencia de que estos gestos importan. Que cada azulejo recompuesto es una forma de decir que El Puerto se reconoce en su pasado para construir su futuro. Y que, cuando la ciudad atiende sus detalles, también atiende su dignidad. -
Manolo Morillo




